Sacrifica información
Londres, 1931.
Si hubieras intentado tomar el metro en esa época, tu destino probable no habría sido la estación... sino una crisis nerviosa.
El sistema de transporte subterráneo había crecido de forma exponencial y se había vuelto complicado de entender. Sin embargo, el problema no eran los trenes, ni las vías, sino la información.
Los mapas oficiales eran muy fieles a la geografía de la ciudad.
Si la estación A estaba a 3.5 kilómetros al noreste de la estación B en la realidad física, en el mapa aparecía exactamente a esa distancia, a escala rigurosa.
No faltaba nada, todo estaba representado con fidelidad notarial: los parques, los ríos, todo.
Para los cartógrafos excelente, pero para muchos usuarios, confuso.
Las estaciones del centro de Londres, que están muy juntas físicamente, aparecían en el mapa como una mancha de tinta negra ilegible donde los nombres se superponían.
Por el contrario, las estaciones de la periferia, lejanas entre sí, obligaban a que el mapa fuera de un tamaño físico inmanejable para poder incluirlas.
Hasta que vino Harry Beck, que no era ni geógrafo, ni urbanista, ni del transporte.
Era un dibujante técnico de circuitos eléctricos.
Beck miró el caos del mapa del metro y aplicó una lógica que, para los puristas de la época, sonaba a herejía.
Su razonamiento fue el siguiente: “A la gente no le importa la geografía. A la gente le importa cómo llegar de A a B”.
Cuando estás bajo tierra, en un túnel oscuro, no te importa si estás pasando por debajo de una catedral o de un parque. No te importa si el túnel gira levemente al norte o al oeste.
Solo importa: ¿Dónde me subo? ¿Dónde me bajo? ¿Dónde hago transbordo?
Lo mismito que necesitan entender hoy quienes crean formación, quienes comunican un mensaje:
Que es necesario eliminar el ruido, incluso si eso significa sacrificar información.
Beck aplicó las reglas de los diagramas de circuitos eléctricos al transporte humano: enderezó las líneas, distorsionó la escala, codificó por color.
Se volvió una interfaz de usuario limpia y lógica.
Cuando lo presentó a la junta directiva, la respuesta fue negativa.
Le dijeron que era demasiado simple, que no estaba acorde a la realidad y le faltaba información. Estaban tan enamorados de la precisión técnica de su sistema que no podían ver que esa precisión era, precisamente, la barrera de entrada para el usuario.
Creían que “más información” equivalía a “mejor experiencia”.
Beck insistió y la junta accedió: hicieron una tirada de prueba que se agotó muy rápido y luego imprimieron cientos de miles de copias.
La gente los amaba. Por primera vez, moverse en metro era mucho más fácil de entender. El mapa les daba autonomía. No necesitaban ser expertos en geografía para moverse; solo saber leer colores y líneas.
Además, el mapa de Beck inspiró los mapas de ciudades como Nueva York, París o Tokio.
Esto lo vemos siempre.
Expertos que insisten en poner todo el contenido en una sola diapositiva. Empresas que creen que explicar un proceso requiere un manual de 40 páginas. Cursos con 120 horas de contenido porque de 0 a 100…
Ya nos enseñó Harry Beck que no.
→ La exactitud académica a menudo mata la comprensión práctica. Tu objetivo no es replicar la realidad, es crear un modelo mental funcional.
→ Un mal diseño hace sentir tonto al usuario. Un buen diseño, hace sentir inteligente al usuario.
→ El contexto define la forma. Beck sabía que el contexto era “viajar bajo tierra”. Si hubiera estado diseñando un mapa para caminar por la superficie, su diagrama habría sido inútil.
Al igual que los usuarios del metro, tu audiencia también quiere llegar del punto A al punto B.
Adriana B.eck :)

